martes, 5 de junio de 2012


¡Buena Suerte!

   Conocidos de un momentáneo amor de colegio, nos reunió nuevamente el presente, y esta vez todo parecía favorable para concebir un amor firme y perdurable. Vistos solteros y con mayor madurez, nuestros relojes biológicos coincidían en que ya era tiempo de asentarnos.  

      Fue así como mensaje tras mensaje; típicas charlas telefónicas, tomaban forma los planes para nuestro futuro juntos. Ella deseaba un varón, yo por mi parte conservaba la ilusión  de tener una hermosa niña que llevaría  algún nombre japonés, que de forma sutil y estética armonizara con mi apellido.

     Transcurrían los meses y gracias a la magia de la tecnología, nos manteníamos en contacto diariamente, teníamos conversaciones de lo más ordinarias, con las que ella se sentía cómoda y yo fingía disfrutar,  pues su inteligencia,  de las más rudimentarias y mis temas de conversación, de los cuales salían verdades espinosas, no resultaban de su agrado.

     Con todo y que el estímulo intelectual no era recíproco, quería quererla y para ello me reduje a la más común de las mentes. La sonrisa de sus fotos, aquel pelo taino que ya me imaginaba heredado por mi primogénita, su singular silueta, la voz cansado y lenta que evocaba al otoño, es decir, una mujer básica, un recipiente que llenar, y toda una vida juntos por delante.

      Ella, quien tenía ya un tiempo viviendo en el extranjero, tenia fecha para venir y concretar lo que por meses imaginamos, todo era enserio; de una forma por letras indecible; con seguridad de ambas partes, sin arrepentimientos, con voluntad de aparecer ante el civil, y con un beso para las cámaras darnos por hábiles para convivir y adorarnos.

     Llegó el día, domingo a las 9:00 pm, hora de su llegada al país, de lo que me enteré al día siguiente,  pues no hubo aviso, suponía que por la pesadez del viaje, sin embargo me pareció raro que no llamara, pero no me detuve a pensar en ello.

    Al día siguiente, primer día en que hablábamos desde el mismo suelo en mucho tiempo, la conversación era la de cada día, excepto por un detalle,  el diálogo se extendió por horas y en el canal de conversación nunca surgió la pregunta, ¿Cuándo nos vemos?, inquietud que mentalmente no dejaría pasar por alto, pero decidí no externarlo, pues  precipitado y compulsivo no soy.

    Pasaron varios días desde su llegada, de los cuales sólo hablamos al segundo día, resultaba inevitable el asomo de la desazón, tratándose de alguien con quien has pactado tu futuro. Así que la cabeza se me llenó de preguntas y por primera vez dudé de nuestra fábula. Otros  dos días murieron sin saber de ella, y entre mis notificaciones en Facebook figurada un mensaje que remitía la protagonista de esta historia.

Parafraseando un poco el contenido para ayudarla con su desorganización mental y la ortografía, lo transcribo de la siguiente manera:

“Perdóname por mantenerte ilusionado por tanto tiempo, ahora no se qué hacer, tengo una relación con alguien que vive aquí, aquel muchacho que aparecía como mi novio en facebook, por el que una vez me preguntaste, y te dije que el aparecía como mi novio para que mi ex dejara de molestarme, todo era mentira, hace 3 días me casé con él y pienso llevarlo a vivir conmigo al extranjero, a eso vine, no sé porque hice esto, de verdad disfrutaba todo de ti, pero necesitaba descargar en alguien todo el daño que sufrí en mi vida, espero que algún día puedas perdonarme, aunque no lo creas te quiero, cuídate mucho”. L

Inverosímil…


      Admito que quise llamarle puta a la enésima potencia, (y de las etapas de la agonía experimenté dos: Ira, seguida de aceptación),  pero explayarme denotaría dolor, y la intención era demostrar  lo agradecido que me sentía de haberme librado involuntariamente de una falaz bazofia y deshonesta.  Así que sólo respondí: “Buena suerte”. 

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